Cómo nace una montura hecha a mano: el taller, gesto a gesto
Una montura hecha a mano no se reconoce por su etiqueta. Se reconoce por su peso, por la suavidad de sus cantos y por cómo se asienta en el rostro hasta hacerse olvidar. Esto es lo que ocurre antes de que llegue a tu cara.
De las gafas se habla a menudo como de un accesorio de moda, rara vez como de un objeto fabricado. Y sin embargo, entre la plancha de acetato en bruto y la montura que sale del taller hay una larga sucesión de gestos, muchos de ellos todavía manuales. En Maison Mata, nuestra colección Handmade nace en nuestro propio taller, en Bali. Quisimos contar esas etapas de forma sencilla, sin jerga, porque explican casi todo lo que se siente al llevarlas puestas.
- El acetato no es un plástico derivado del petróleo, es un material de celulosa hecho con pulpa de madera y fibras de algodón.
- Una montura artesanal pasa por decenas de etapas, entre ellas un pulido que se cuenta en días, no en minutos.
- Las varillas esconden un alma metálica, y es ella la que permite ajustar la montura a tu rostro.
- La comodidad depende menos del estilo de la montura que de la calidad de su acabado.
El acetato, un material vivo
El acetato de celulosa se fabrica a partir de fibras vegetales, sobre todo pulpa de madera y algodón, transformadas y después teñidas en masa. Ese último detalle es el que importa: el color no se queda en la superficie, atraviesa el material. Un arañazo en una montura de acetato no deja al descubierto una capa blanca, al contrario de lo que ocurre con un plástico inyectado y lacado.
También es un material que se mueve. Se ablanda con el calor, se tensa al enfriarse, absorbe algo de humedad. El artesano trabaja con ese carácter en lugar de combatirlo.
Antes de cortar, la espera
Las mejores planchas de acetato no se pueden usar de inmediato. Se secan, a veces durante meses, apiladas y giradas con regularidad para que los disolventes se evaporen del todo y el material se estabilice. Una plancha trabajada demasiado pronto sigue contrayéndose después del moldeado, y la montura se deforma tras unos meses de uso.
Esa es la primera verdad de este oficio: buena parte del trabajo consiste en esperar el momento justo.

De la plancha al frente
El frente es la parte delantera de la montura, la que sostiene las lentes y el puente. Se recorta de la plancha y después se ranura para alojar las lentes. En nuestro taller esta etapa pasa por una fresadora digital, que garantiza una geometría constante, antes de que la mano retome el trabajo.
Porque la máquina saca una forma, no una montura. En ese momento los cantos están vivos, la superficie es mate y la pieza es francamente fea. Todo lo que la hará bonita viene después.
Las varillas y el acero que nadie ve
Cada varilla recibe un alma metálica, una varilla de acero introducida en caliente dentro del acetato. Nadie la ve y, sin embargo, hace todo el trabajo: es la que permite a tu óptico curvar la varilla detrás de la oreja y a la montura mantener ese ajuste. Una varilla sin alma vuelve siempre a su posición inicial, y por eso resbala.
Las bisagras se calientan y se insertan en el material, que se cierra a su alrededor al enfriarse. Bien colocada, una bisagra no se mueve en años.
El pulido, la etapa que nadie imagina
Aquí se juega la diferencia entre una montura correcta y una montura agradable. El pulido se hace por fases, de lo más abrasivo a lo más suave, a menudo en tambores giratorios llenos de virutas de madera y pasta de pulir, donde las monturas dan vueltas durante varios días. Después llega el pulido a mano, con rueda de algodón, pieza a pieza, para las zonas que el tambor no alcanza: el interior del puente, los tetones, la parte baja de los aros.
Ese trabajo se fotografía mal. Se siente, en la primera prueba, cuando ningún canto te recuerda que llevas algo puesto.
El montaje y después tu rostro
Las lentes se tallan con la forma exacta del frente, se biselan en el canto y se montan en caliente. La montura se revisa, se ajusta y se endereza.
Y solo entonces empieza la última etapa, la única que no puede hacerse ni en el taller ni en una fábrica: el ajuste sobre ti. Una montura bien fabricada pero mal ajustada sigue siendo incómoda. Por eso siempre te proponemos volver a la tienda unas semanas después de la compra.
Por qué se nota al llevarla
Una montura hecha a mano no tiene nada de mágico, sencillamente está terminada. Los cantos están suavizados, el material es estable, los puntos de apoyo están limpios, el peso está repartido. El resultado es modesto de describir y evidente de llevar: te olvidas de ella.
Una montura bonita es la que dejas de sentir a los diez minutos.